Dar asilo y proteger al prójimo se ha vuelto una misión para quienes aún duermen en el piso sobre colchones donados ofreciendo un techo donde resguardarse para quienes aún esperan en la ruta.

“No negar hacer el bien a quien es debido cuando tengas el poder de hacerlo”, recita un proverbio bíblico que hoy puede observarse en La Madrid. Y esto se observa especialmente en el barrio Villanueva, donde las casas miran hacia la ruta atentas a quién más poder albergar. La solidaridad no discrimina ni espera enviar invitación: alcanza a grandes y a niños. Todos necesitan un techo donde refugiarse.

La casa de Marta del Valle Acosta, vecina del barrio Villanueva, tiene pocas habitaciones, todas vacías. Sin muebles ni recuerdos. En el piso sólo hay colchones de una plaza que aún conservan el plástico para no estropearse ante posibles nuevas inundaciones y del barro que se cuela para recordarles que la situación crítica todavía no ha terminado. Con el río Marapa corriendo por el fondo del terreno, a la entrada de la casa de Marta hay que atravesar un camino de bloques de cemento.

“Estamos aquí por el momento”, afirma Verónica Vizcarra, alzando a su único hijo de 2 años en la casa de Marta. La señora Acosta interviene diciendo “entre los vecinos nos ayudamos”. Sentada en su casa donde ya convive junto a su familia de cinco integrantes continúa “si entre vecinos no nos ayudamos, no vamos a tener nada”, argumenta.

“Los vecinos hacen locro y nos dan un plato por persona. Y acá compartimos entre las dos familias. Juntamos la comida, porque sino no nos alcanza”, comenta Verónica.

La habilitación de kioscos y despensas que sólo ofrecen bebidas gasificadas está lejos de satisfacer una necesidad elemental: alimentarse. Frente a esto, señalan con desánimo: “Nosotros necesitamos carne, verduras para comer. Los niños nos piden comer alimentos sólidos”, prosigue Verónica. “Yo he tenido que llamar a mi papá, que vive en el pueblo vecino, para que nos traiga carne y cocinarla. Los niños no te piden agua, te piden comida”.

Paola Guanca, vecina contigua de Marta, comenta que no tienen cocina. Con un anafe de una hornalla prestado por un vecino de La Cocha, apenas pueden calentar agua para un mate cocido a la hora del desayuno entre estas tres familias.

“Nosotros nos ayudamos entre vecinos para dormir”, participa Marta en la conversación que juntó a las diferentes personas que están en su casa. “Estamos durmiendo en el piso como podemos”, agrega Paola.

Desde el primer día en que salieron a la ruta, la ayuda fue vecinal: entre quienes comparten el día a día, se saludan y conviven. “Nos han ayudado a limpiar nuestras casas, gente de pueblos aledaños como Alpachiri y alrededores”, enumera Marta, mientras Verónica muestra el pequeño anafe del que se turnan para usar, conectada a una garrafa de diez kilos. Sobre una mesa que aún está húmeda y oscura, pendiente de ver el sol y del que sólo se ven algunos paquetes de fideos para el día.

Con su casa desmantelada por la catástrofe, Verónica afirma con tristeza: “No se puede. No se puede entrar ahí. Mucho menos porque hemos tenido que cortar los cables de electricidad por el peligro que representan: se nos ha caído y están bajo el agua”.

Aquí, el miedo acecha a quienes viven sobre la ruta. “No se puede entrar a las casas a dormir así”, señala Paola. “Ha sido la gente vecina la que nos ha dado todo. Y nos siguen dando de comer: cocinan en otros barrios y nos traen la comida”.

No se puede habitar

Por otro lado, Verónica y su familia, quienes salieron hace una semana de su casa, aún no tienen certeza de cuándo volverán. “No se puede habitar”, lamenta, “pero estamos en la ruta y de la ruta nos han corrido hacia las casas, asumiendo que ya son habitables. Hoy todavía estamos llenos de agua. Nos volvemos a inundar cada vez que llueve”.

Los vecinos ofrecen las casas que se mantienen habitables para que familias como la de Verónica puedan estar con sus hijos.

Y ante esto, ella describe su situación: “En el módulo no puedo tener a mi hijo porque hay víboras, alacranes, arañas”, enumera. “Nosotros no podemos habitar en nuestra casa por el momento” y frente al intento de ingresar, el barro los frena en el camino.

En la ruta, algunas familias sólo les espera un plástico como techo porque el propio todavía resulta inhabitable. Las autoridades ante la necesidad urgente de despejar la ruta de todo aquello que representara un peligro, familias como los Vizcarra fueron a parar a casas vecinas como la de Marta, que les da un aposento: brindado un techo, cubriéndolos del frío, de las lluvias nocturnas, y compartiendo comida.

“El pueblo no está bien. La gente no está bien”, finaliza Verónica.

Puertas, ventanas, y camas se han perdido. Las casas dejaron de resguardar del viento y de las noches frescas del campo. En el interior de la provincia, el otoño se asoma con sus días de bajas temperaturas, amenazando con congelar las esperanzas de quienes habitan hogares sin aberturas.

Más pueblos: el drama de Las Ánimas

Otro pueblo quedó sepultado bajo el agua hace más de una semana, y sus pobladores todavía no pueden volver a sus casas. Las Ánimas, un pequeño pueblo a seis kilómetros de La Madrid, en Graneros, está inundado. Las primeras casas aparecen apenas a un kilómetro de la ruta 308. Una de ellas es la de Silvestre Evaristo Soria, quien hoy continúa durmiendo en una escuela de Taco Ralo junto a otras tantas familias que tuvieron que abandonarlo todo. “Son alrededor de 40 las familias afectadas” asegura, y ninguna ha recibido hasta ahora ningún tipo de respuesta oficial.